Culturismo y civilización

2023-03-17

Existen muchas formas de medir el nivel de civilización de un individuo o sociedad. Por ejemplo, desde el punto de vista físico, se puede utilizar la cantidad de energía que estos tienen a su disposición como un buen indicador de progreso, como ya hizo en su momento Kardashev [3]. Por su lado, desde el punto de vista económico, se puede emplear el tipo de interés, hijo de aquello que en praxeología se llama “preferencia temporal”, para realizar la misma función. Ambas están, frente a la poca similitud de formulaciones, estrechamente relacionadas, aunque dejaré este tema para futuros posts.

La preferencia temporal se refiere a la importancia que un individuo da al presente con respecto al futuro, es decir, cuánto más prefiere tener algo inmediatamente a tenerlo más adelante. Esta cantidad se materializa en economía a través del tipo de interés, que se puede interpretar de forma efectiva como el precio del tiempo. Si una inversión conlleva un riesgo alto y, al mismo tiempo, su rentabilidad no supera el tipo de interés, o lo supera por un margen estrecho que no compensa el riesgo, difícilmente será llevada a cabo. Cuando el tipo de interés baja, inversiones que antes nunca se realizarían, como proyectos a muy largo plazo, comienzan a volverse viables y a ejecutarse, por la posibilidad de que eventualmente superen en rentabilidad al tipo de interés acumulado.

Una civilización avanzada ha de tener, por necesidad, un tipo de interés naturalmente bajo [2], que le permite desarrollar grandes proyectos e investigaciones, así como disponer de una cadena de producción profunda y compleja, que aporte todos aquellos componentes necesarios para producir sus bienes de consumo. Es por eso que la preferencia temporal, y su imagen real, el tipo de interés, sean inseparables del proceso civilizatorio. Si se elevasen lo suficiente, volveríamos a la prehistoria, donde la producción de bienes se limitaría a pequeñas hachas de madera y cestos de mimbre. Nuestro horizonte temporal abarcaría solo unos pocos días, que es el tiempo que podríamos asegurar nuestra supervivencia tras una caza o recolección.

Si se deja del lado el plano meramente económico, y se amplía el concepto de preferencia temporal a todos los aspectos de la vida humana, se llega de forma lógica a que, cuando uno comienza a entrenar, a sacrificar el presente por el futuro, a cambiar las Oreos bañadas en chocolate blanco por una hora de carrera bajo la lluvia, sufre un proceso individual similar al civilizatorio. Su tipo de interés interior ha bajado hasta el punto en el que inversiones costosas a corto plazo, sufridas física y mentalmente, son realizadas a la espera de beneficios futuros, materializados en forma de una composición corporal más eficiente, eficaz y atractiva. Es por eso que resulta gracioso que algunos vean el trabajar el cuerpo como un acto egoísta, cuando es todo lo contrario, un proceso en el que la persona está sacrificándose por otra, su “yo” del futuro. Mientras tanto, el que se queda en casa mirando historias de Instagram entre cigarrillo y cigarrillo, comiendo pizza día sí y día también, está sacrificando a su “yo” futuro en el proceso inverso al anterior, lo que es verdaderamente egoísta, además de autodestructivo.

Esa reducción de la preferencia temporal del individuo no se da, por supuesto, solo en el gimnasio; sucede también en aquellos que estudian para un examen pudiendo no hacerlo, que invierten su dinero en vez de gastarlo en juegos para la PlayStation, que montan una empresa a pesar del riego que esto conlleva, que comienza una familia pudiendo “disfrutar más tiempo de su juventud”, que trabajan en un empleo duro y estresante para mantener a dicha familia, o en muchos más casos que no tendría sentido listar ahora. Una persona que solo coma comida rápida, que viva de ayudas sin trabajar sin buscar trabajo para solventar esa situación, que culpe de su situación solo al azar, que no dedique ni un minuto a cuidar el templo del alma que es su cuerpo, y que ni se moleste en aprender cosas nuevas, es difícilmente poco más que un animal alfabeto, un “porco de pé”.

Y es que todas esas actividades, realizadas por el bien de uno mismo, progresan en mayor o menor medida la civilización siempre que no dañen a los demás, por aquello que Adam Smith describió como la “mano invisible” [1]. En vez de juzgar a los que ahorran su dinero como rácanos, a lo que entrenan como superficiales, a los que montan empresas como explotadores, a los que viajan en misiones de ayuda a países depauperados como locos, quizá deberíamos comenzar a apreciar su trabajo y esfuerzo, porque aunque de forma infinitesimal, mejorará también nuestras vidas. Soy yo el primero que tiene que darles las gracias, porque sin gente así, hoy no tendríamos medicina, ciudades o comida en los supermercados.

No es cuestión de renunciar a la totalidad de los pequeños placeres, optando por una vida sufrida y sin color; pero sí de reducirlos y evitar que estos se entrometan en nuestros objetivos, impidiéndonos ser la mejor versión de nosotros mismos, aquella que es superior física, mental, moral, anímica y financieramente. Tampoco digo que por comer bien o entrenar a uno le vaya a ir mejor en otros aspectos, ni que vaya a mejorar la sociedad haciéndolo, pero sí que existe un hilo conductor entre todas estas actitudes.

Rechaza el placer inmediato y abraza la verdadera felicidad, no aquella nacida de picos fáciles y constantes de dopamina, sino de un proceso de abstinencia y sacrificio que te eleve y complete. Solo de esa forma te volverás más civilizado y contribuirás al desarrollo de la humanidad en su conjunto, como especie y como sociedad avanzada.

Bibliografía

[1] A. Smith y C. Rodríguez Braun, La riqueza de las naciones: (libros I-II-III y selección de los libros IV y V), 3ª ed., 9ª reimp. Madrid: Alianza Editorial, 2019.

[2] D. Howden y J. Kampe, «Time preference and the process of civilization», International Journal of Social Economics, vol. 43, n.º 4, pp. 382-399, abr. 2016, doi: 10.1108/IJSE-04-2014-0067.

[3] N. S. Kardashev, «Transmission of Information by Extraterrestrial Civilizations.», Astronomicheskii Zhurnal, vol. 41, p. 282, ene. 1964.